lunes, 26 de octubre de 2009

Elogio de la nalga

Sé que me van a tildar de pajero, de guarango, de caer una y otra vez en la huevada francello-menemista; sé que me van a tildar de intelectual al pedo y quizás, incluso, de gay no asumido. No claudico en mi proclama, porque así somos las vanguardias y no miramos a los costados para ver quién nos censura ni quiénes hacen de nuestro placer por la figura femenina un negocio mediático. Nada hay de malo en la paja, en el levante, la guarangada y la no asunción de la homosexualidad. Mucho menos, en la intelectualidad al pedo (al respecto, ver Asís, J., La lección del maestro). A mucha honra, sin cortesía y con mucha animalidad: tamaña hombría, feminidad y honradez suma páginas a diario.

La cuestión es que toda la vida me pregunté por qué los culos me llamaban la atención. Culos torneados, pulidos, puntiagudos, redondos y generosos, mi vista inmediatamente sigue el camino de su ida, presume la personalidad de su portadora, intuye oficio, actitud y, por sobre todas las cosas, entrega. Mi vista aprendió, incluso, a percibir la cola sin verla, en aquellos casos en que la dama en cuestión se me acerca. Las mujeres aún no comprenden que el giro de cabeza para verles el trasero al pasar es, antes que nada, una confirmación de lo aprendido en años de mirárselos, estudiando detenidamente su turgencia de tomate, de mandarina, de bombucha.

Y tanta alharaca desplegada en el blog me hizo investigar. Y debo decir que, una vez más, en las ciencias sociales encontré una respuesta. A decir verdad, las ciencias sociales pocas veces dan respuestas, pero por un momento dejémoslo de lado. La teoría de la Gestalt explica todo: algunos sabrán que es una teoría psicológica de la percepción, pero la mayoría conoce a la Gestalt como esa de los dibujitos fumones como el de la copa que también son dos caritas a punto de besarse.

Pues bien, para entender el por qué de la fascinación por la nalga femenina hay que recurrir a la Gestalt. Observen con un poco de detenimiento la siguiente foto, y van a comprender la sabiduría de la naturaleza.


¿Ven lo mismo que yo veo? ¿Ven que la naturaleza dotó a cada culo de una flecha ascendente que lleva la mirada exactamente hacia su tibia cadencia? ¿Cómo sería posible no querer arrojarnos de cabeza, no tratar de ir más allá, forzar su apertura, si en el hombre más primigenio ya hay un explorador? El culo representa el misterio sobre todos los misterios, la mística que llevó al humano a expandirse molecular y universalmente. Ese hoyo, sin lugar a dudas, es motor del hombre moderno, razón de ser del orden y progreso y, por supuesto, la alegría brasileñas.

Pero la investigación fue más allá, y comencé a indagar en las huestes del lenguaje. En el lenguaje visual, particularmente, y me pregunté qué vino primero: ¿el culo o la flecha? ¿La flecha es indicadora porque inicialmente nos remitía al culo o vemos en el culo una flecha porque ya los humanos la usaban desde antes? Las respuestas son contundentes: la flecha nació como signo a partir de la curvatura ascendente de las piernas (Moltovich, 1764; Standano, circa 923; Jhanenson, 245 A.C). Y más: la letra G tal como hoy la conocemos nació como una flecha curvada (Pingualo, 1844; Zopotte et al, 1630; Collor de Melo, 1986), en honor a Garcilaza de los Estentóreos Sevilla, de la cual no tenemos mucho detalle pero podemos intuir una ligera resistencia anal.

Seguí reconstruyendo la historia y encontré que en los primeros cien años tras el nacimiento de la G, vieron la luz numerosas palabras de nuestro vocabulario moderno. Me gustaría detenerme en GLORIA. Dado que la L viene de Lord; la O hace referencia al ano; la R a la mujer, por el busto y la pierna que termina en punta; la I, al falo; y la A, a la apertura de piernas femenina, etimológicamente GLORIA significa “gracias Dios porque después de todas las vueltas que dio esta mina finalmente me dejó entrar con el falo en su rotundo ano y con las piernas abiertas”. O algo así.

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