Me causa sofocones la situación peluqueril. Eso no sorprende a nadie. Bah, tal vez a ustedes sí, pero se bancan la sorpresa.
Entonces, eso de sentarme en un asiento ergonómicamente incómodo para que el muchachito me pregunte si me voy a lavar con el shampoo de almendras o el de tamarindo ya me enerva.
Luego, pasearme por el recinto con la toalla de turbante delante de señoras que te asustan de reojo, espasmos de pavor.
Acto seguido, el famoso momento en el que he de explicarle a la cortapelos que lo único que quiero es que haga lo necesario como para hacerme sonreír y que no me importa lo que corchoseaquehaga. NO-ME-IM-POR-TA.
Eso sí: Que no me hable.
Que no se le ocurra dirigirme la palabra.
Porque yo no pienso abrir la revista Caras que me deja delante sino que me voy a enfrascar en las fuentes históricas que revelan el estilo musical de la escuela de Notre Dame.
Así que mejor que no diga ni mú porque le arranco la tijerita esa y se la clavo entre los ojos.
Ella me alcanzará un espejo para que con una destreza que no poseo lo use para mirarme la retaguardia. Es necesario? Por favor che, hay que castigar esta práctica de una buena vez.
Todo, todísimo esto para qué? Eh?? Para quéeeeeeee????!!!!!
Para que una reverenda vieja conchuda que se hace los garfios diga a mi paso “QUÉ DIVINO QUE TE QUEDÓ, NENA!”
Mejor me rajo a que el viento despeine mis mechas mientras elijo un bar.
Sí. Mejor.
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